La Voz de Tabasco
Política

Crónica. El trato amable

Bertha Herrera
Rumbo Nuevo
Entre caminos cosecheros, largas extensiones de cañales y tractores que jalan carretas metálicas cargadas con miles de tallos de la gramínea, la ‘cruzada por la vida’ por fin llega a los poblados del Plan Chontalpa, en uno de los rincones más apartados de Tabasco.

Es un signo de esperanza, sí, pero no es fortuito, irrumpe de la mano de la vacuna contra la Covidg-19.

Aquí, en esta zona cañera, donde parece que el tiempo se detiene y todo transcurre en cámara lenta, decenas de hombres y mujeres del campo esperan pacientes su turno para ingresar a uno de los centros de vacunación instalados en esta parte de la franja rural de Cárdenas.

Son las nueve de la mañana en el poblado ‘Venustiano Carranza’, a unas dos horas de la capital del estado. La temperatura alcanza 36 grados Celsius y la sensación térmica derrite en sudor a la población de 60 años o más que busca aplicarse la primera dosis del antígeno patentado por Pfizer BioNTech.

En el interior de la telesecundaria ‘José Vasconcelos’ del también conocido Poblado C-23, Landy, una enfermera comisionada del sector salud, aplica con magistral habilidad el biológico que una compañera suya prepara por lotes. Ambas portan en su extremidad superior izquierda amplios brazaletes que las identifican como parte de las Brigadas de Vacunación contra el Covid-19.

Entre sus labores, tienen asignada la tarea de resguardar una de las neveras que mantienen a la refrigeración adecuada el compuesto que es garantía de vida. Esos pequeños depósitos con cuerpo azul y tapa blanca solo se abren y se cierran para sacar la vacuna. Su manejo técnico sigue al pie de la letra el protocolo sanitario.

Landy, con larga experiencia en campañas de vacunación, es solo una de las responsables de inyectar las dosis a los pacientes. Sabedora de su función, bromea de vez en vez con las personas que, a pesar de su avanzada edad, evidencian la tensión que en ellas provoca el solo ver la pequeña, pero afilada aguja de la jeringa con la que pincharán sus brazos.

El proceso solo dura unos segundos, pero para los vacunados ‘parece una eternidad’, según confiesan ellos mismos a la madura enfermera. ‘El secreto es no poner duro el brazo; hay que estar flojitos y cooperando’, les susurra, divertida, a los ‘abuelitos’ más temerosos.

La jornada transcurre sin sobresaltos. Entre chascarrillos y trato amable se sofoca la ansiedad de decenas que acuden con sombreros de ala ancha, tipo vaquero, los hombres; o con sombrillas para protegerse del sol, las mujeres, en uno de los puntos de mayor calor del infierno verde.

Afuera de la escuela, otro tanto espera su turno para ingresar a ponerse el antígeno o bien, está en espera de familiares. Todos buscan en vano una sombra que simplemente no se da. El calor, en su punto. Entre el bullicio, una sexagenaria que está a sólo un paso del portón que controla el acceso a la sede de vacunación, identifica la llegada de un regordete personaje que se pavonea con una cámara de video al hombro.

‘Grábanos bien’, recomienda a gritos. ‘Estamos ordenados, no vayan a decir luego que estábamos amontonados sin doña Susana Distancia’. La risa colectiva de los ‘viejitos’ explota ante el camarógrafo que, lejos de chivearse, se envalentona y redobla el contoneo para, según él, llevarse la mejor toma…

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